Este es el año de los centenarios. En mayo celebramos los primeros 100 años de la Indy 500 y ahora celebramos los100 años del Maestro… Y se celebran, si, porque se celebra una vida que dejó tras de si una estela de méritos y recuerdos, de historias tejidas con humildad y talento, que marcaron para siempre el automovilismo.
Entre el 24 de junio –su fecha de nacimiento- y el 17 de julio (1995) –aniversario de su fallecimiento-, la imagen del argentino Juan Manuel Fangio regresa siempre al mundo del automovilismo. Aún cuando ya no tenga el record de títulos mundiales en la F1, que durante décadas fue suyo, no son pocos quienes lo siguen considerando el mejor. Por algo será que lo llaman “El Maestro”, así, con mayúsculas.
[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=mai0kVs8Bt4]
Parte 1/9 de la pelicula «Fangio» de Hugh Hudson…
Fangio nació en 1911 en Balcarce, Argentina. Creció junto a sus padres y hermanos y desde pequeño mostró interés por el deporte, aunque su pasión eran los autos y en sus ratos libres se acercaba al taller de un italiano llamado Capetini, con quien aprendió a conocer los motores.
Pero pongamos de lado el recuento histórico. Y las estadísticas, que a menudo sepultan al ser humano y dejan al descubierto sólo un pedacito. Contemos anécdotas, que ellas hablan solas.
Entre el cuento y el mito
1948. El Automóvil Club Argentino (ACA) organizaba la primera Temporada Internacional. Los directivos consiguieron los mejores autos para dárselos a los pilotos argentinos más destacados. Tan pronto llegaron los vehículos a Buenos Aires comenzaron a desfilar los corredores por las oficinas del ACA. Querían saber cuánto les pagarían por correr. Fangio fue el único que humildemente se acercó a preguntar cuánto había que pagar para sentarse en una de esas máquinas.
Un año después, el equipo argentino era una realidad y fueron a correr en Albi (Francia). Durante las pruebas del sábado el príncipe Bira rompió el motor de su Maserati. Fangio, al enterarse le ofreció el motor de reserva del equipo. Su gesto desató la furia del jefe de mecánicos, Amedeo Bignami (artífice de las victorias del inmortal Achille Varzi). Fangio escuchó impasible los argumentos airados del “capomecánico” y le respondió: «Vea Bignami, yo vine a hacerme un nombre aquí en Europa. Si corro contra nadie ¿a quién le voy a ganar?». Al día siguiente, Fangio ganó acosado por Bira que llevaba en su Maserati el motor cedido por el piloto de Balcarce.
En abril de 1950 la Alfa Romeo decidió darle la oportunidad a Fangio para correr con la invencible Alfetta en San Remo, con vistas al inminente Mundial de Pilotos (F1). Sus entrenamientos (con lluvia) fueron discretos y al bajarse del auto, el “Chueco”, como llamaban a Fangio, notó un ambiente tenso. Pidió permiso para hablar y dijo: «Señores, ustedes no tienen nada que perder. Si pierdo, pierde Fangio, si gano, gana Alfa Romeo». En la carrera, luego de una mala largada, remontó desde el quinto puesto ganando de forma espectacular. Los directivos de la casa milanesa, olvidaron sus anteriores suspicacias y trataron de firmar al talentoso argentino. Pero había problema monetario de por medio. Fangio simplemente pidió ver un contrato en blanco. Lo leyó, lo firmó y comentó: «La cifra la ponen ustedes». Acababa de ingresar al entonces mejor equipo del mundo.
Precisión milimétrica
Se corría el GP de Bélgica, y Fangio era piloto oficial de Maserati. En aquel entonces, los equipos tenían un cuarto o quinto auto para dárselo a alguna figura local y en esta ocasión se lo habían dado al piloto belga Johnny Claes. Estaban probando y Fangio hacía unos tiempos increíbles. En cambio Claes, que conocía la pista mejor que ninguno, marcaba unos registros que dejaban mucho que desear. Pensando que el problema era su auto se acercó a Fangio y le pidió que diera unas vueltas con su coche. Fangio accedió y en pocos giros hizo un tiempo inferior al que había hecho con su auto titular. Claes sin salir de su asombro le preguntó a Fangio cómo lo había hecho. El Chueco bajó del auto lentamente, sin decir palabra, se sentó en la pared del box y luego, tranquilamente le dijo: «Es muy fácil: hay que frenar menos y acelerar más».
«Yo manejaba un HWM y durante los entrenamientos me encontraba detrás de los fardos de paja a la salida de una curva observando como entrenaban Fangio y Ascari”, relató Stirling Moss al recordar el GP de Bari (1950). “Por supuesto, los dos eran extraordinarios. Ascari salía derrapando y pasaba a pocos centímetros de los fardos de paja, vuelta tras vuelta siempre a la misma distancia. Pero entonces Juan Manuel salió de la misma curva casi rozando los fardos de paja de modo que temblaban las cañas que sobresalían y alguna que otra se rompía y salía volando. Pasaría igual vuelta tras vuelta. Era tan constante como Ascari y aprovechaba justo esa mínima fracción más de pista para ir una mínima fracción más rápido. Son esas fracciones las que marcan la diferencia entre un gran campeón y un genio absoluto».
Por: Niky Pauli / Media Racing / Gracias a Marcelo Álvarez por su contribución con esta nota.
Deja una respuesta