La habitación del hospital era como cualquier otra. Una zona de cuidados intensivos. Aparatos. Poca gente. Un hombre que agonizaba y al que intentaban salvar mientras él, en vez de batirse con la muerte, se dejaba caer en un hueco negro. Se sentía cansado, liviano, como si flotara. Oía voces en el fondo y quería musitar un par de palabras: “Marlene, déjame caer”, pedía en silencio a su esposa. 

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Pero Marlene seguía parada allí. Por momentos detrás de una puerta, llorando. Por momentos, hablando con los médicos. Por momentos, seguramente, rezando. Convencidos de que ya no había nada que hacer llamaron a un sacerdote para dar la extrema unción a un paciente que seguía tratando de alejarse, de caer liviano y profundo en un agujero negro. Entonces él escuchó atentamente. Lo declaraban muerto. Resurgió el espíritu rebelde que lo había acompañado toda su vida y la súplica, esta vez audible, cambió: “Marlene, no me dejes caer en ese hoyo negro”. Niki Lauda, había regresado a la conciencia, dispuesto a luchar, dispuesto a seguir. 

Hoy, primero de agosto, se cumplen 35 años de aquel accidente que en Nürburgring (Alemania), casi le cuesta la vida. 

La primera aproximación

Niki Lauda compitió en el viejo circuito de Nürburgring en 1969. Recorrió sus más de veinte kilómetros con la excitación que puede producirle a un chico de 20 años tener un auto de competencia en una pista de carreras. Acelerador a fondo. Frenada de último minuto. Diversión asegurada.

Fue entonces que comenzó la batalla entre la pista y el hombre. “Para inicios de los setenta me había involucrado más y más con Nürburgring desde el punto de vista técnico, no emocional”, comentaba Lauda en su biografía titulada “Meine Story”. “Mi ambición era manejar el Ring perfectamente y debido a que era un circuito tan largo ofrecía muchos más desafíos que cualquier otro”. Primero corrió allí en autos de turismo y luego en monoplazas. 

Para 1974, hablar no de seguridad, sino de muerte, era común en la Fórmula 1. Al incrementarse la velocidad por el desarrollo aerodinámico los riesgos se multiplicaron y los pilotos trataron de hacer algo al respecto aunque no siempre lograban ponerse de acuerdo sobre sus exigencias.

Ese mismo año la Comisión Deportiva de la Federación Internacional de Automovilismo (FIA), implementó un plan trienal (1974-1976) para mejorar la seguridad de Nürburgring. Al cabo de ese plazo vencía la licencia del circuito y se esperaba que no fuese renovada.

“El año que gané mi primer campeonato –1975- fue testigo de una locura: la primera vuelta en la historia, a ese circuito, por debajo de los siete minutos. Esto sucedió el sábado durante la clasificación y fue posible sólo porque yo estaba con un ánimo especial que me permitió ir a romper el record arriesgando de una forma que nunca más me permití desde entonces”, recuerda Lauda. “Cuando miré por mi espejo retrovisor hacia los pits y vi a mis mecánicos agitando sus manos en el aire supe que había roto la barrera de los siete minutos”.

Poco antes, en una reunión hecha por los pilotos, Lauda había propuesto un boicot a la pista alemana pero su idea fue rechazada por la mayoría. “Sin embargo”, contaba luego el propio Niki, “el hecho de haber formulado aquella idea fue suficiente para encender la chispa de la leyenda de Lauda versus Nürburgring”. Una historia que fue reforzada luego por los medios cuando a fines de 1976, pocos meses después del accidente del piloto austríaco, la licencia del autódromo fue cancelada. 

2:22 P.M.

El primero de agosto de 1976, amaneció lluvioso en Nürburgring. Algunos pilotos quisieron boicotear la prueba. Una vez más, el desacuerdo los mandó a todos en línea recta hacia la parrilla de arrancada. Lauda, que había salido con neumáticos para pista húmeda entró a pits a cambiar por gomas para seco luego de haber dado una vuelta. Regresó a pista y en la curva Bergwerk su Ferrari se fue hacia un lado y luego hacia al otro para impactar primero contra la montaña y después contra los guarda rieles de la izquierda. Por su propio impulso regresó al centro de la pista y Brett Lunger, que seguía su línea de carrera, lo chocó mandándolo unos metros adelante. El auto estalló en llamas. Lauda seguía adentro, atrapado. Eran las 2:22 hora alemana.

Guy Edwards, Harold Ertl y Arturo Merzario detuvieron sus autos y corrieron a auxiliarlo mientras un chico de 15 años de edad, con una cámara de vídeo 8, filmaba desde la ladera de la montaña cómo tres hombrecitos corrían de un lado a otro alrededor de aquella Ferrari sin saber qué hacer exactamente. Finalmente Merzario, sin dudar más, se metió entre las llamas, desabrochó los cinturones de seguridad de Lauda y lo extrajo del habitáculo.

Recostado sobre el suelo Lauda preguntó: “¿Me veo muy mal?”. Merzario mintió: “No”. Lauda se desmayó.

“Lo primero que hice al salir del hospital y regresar a Salzburgo (donde vivía), fue ver el vídeo. Cuando lo vi por primera vez obviamente sabía que era yo, que eso me había pasado a mí. Pero, de algún modo, me sentía completamente aparte de aquello. Fue un horrendo choque en el que de algún modo estuve involucrado, pero no podía conectar aquellas imágenes conmigo. No recordaba. No había correlación entre el film y mi estado actual. El piloto en la pantalla era un total extraño”.

Ferrari no emitió entonces ningún comunicado oficial. Lauda no tenía nada que decir. No recordaba y se preparaba para regresar a las pistas. En poco más de un mes estaba de vuelta y el campeonato, un clásico duelo Ferrari-McLaren, lo perdía en la última prueba (Japón) al abandonar bajo una torrencial lluvia. James Hunt se proclamó campeón mundial por un punto y Lauda, reconociendo que había sentido miedo, comentó que existen algunas cosas más importantes que un Campeonato Mundial de Fórmula 1, como por ejemplo “la vida misma”.

Vuelven los recuerdos

Viviendo en Ibiza, en 1984, y de la forma menos esperada, Lauda recordó, no el accidente, pero si el infierno por el que había atravesado luego en el hospital.

“El cannabis es bastante popular en Ibiza, aunque Marlene y yo normalmente no tocábamos esas cosas. Sin embargo, debió haber algo aquella noche que nos persuadió a encenderlo. Estábamos sentados arriba, en el recibidor. Nada sucedió por veinte minutos más o menos, y luego me golpeó tan fuerte que me di cuenta que después de todo estábamos fumando algo especial. Hablábamos de cualquier cosa y pronto comenzamos a reír por cualquier cosa. Eventualmente las risas eran tan fuertes que Marlene no podía parar. Yo estoy recostado sobre el sofá y comienzo a sentir el cuerpo tan pesado que no puedo mover un músculo”, cuenta Lauda en su biografía.

“(…) Marlene claramente siente los efectos menos que yo. De repente ella esta completamente lúcida y preocupada por mi condición”, y aunque ella trataba de hacer algo, no sabía muy bien qué. “(…) Yo estaba completamente fuera de mí. Y repentinamente me golpeó. Nürburgring. La unidad de cuidados intensivos. Yo estaba cayendo en un gran hoyo negro. Estoy cayendo de espaldas, dando un salto mortal hacia un gran vacío y eso sera el final. Por favor, déjame morir, le digo a Marlene. Es un sentimiento tan hermoso. Estoy cayendo. Ingrávido. Exactamente como fue en la unidad de cuidados intensivos”.

En algún punto Marlene lo hizo poner de pie y trató de llevarlo a la habitación para dormir.

“Entonces entré al baño y quedé fascinado con el lavamanos. Otro hueco. Tenía la mirada fija en eso. Allí estaba otra vez. Déjame caer allí. Pero Marlene no me dejaba y estaba parada justo detrás de mí. Me sostenía desde atrás. Es suficiente, bobo. Para mí sin embargo, la situación no era para nada divertida. Era mortalmente seria. Había un hueco y quería caer en él, tal como me sentía después de Nürburgring”.

Pero la primera vez, como la segunda, las voces a su alrededor lo retuvieron. “En cuidados intensivos había voces –el cirujano, Marlene- lo que me forzó a pensar nueva y gradualmente, tratando de entender la situación en la que estaba y comenzando a ponerme a mi mismo fuera de aquella situación. Tenía que vivir. Tenía que mantener mi cerebro funcionando. No debía dejarme caer en esa hermosa sensación cayendo en el hueco. Colgaba desesperadamente de un pequeño pedacito de realidad y una conversación entre dos seres humanos me ayudó a sobrevivir”.

¿El epilogo de esta historia? Aún está por escribirse. Lauda regresó a las pistas para ganar dos campeonatos más (1977 y 1984). Sus méritos en las pistas pueden haber sido igualados en términos de éxito, e incluso superados. Sin embargo, de los pilotos de los setenta, es quizás uno de los pocos que puede asegurar que enfrentó a la muerte y la derrotó.


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